¿Estamos diseñando cadenas de suministro… o cadenas de pérdida?

El producto puede salir perfecto del campo y perder valor en cada transferencia hasta llegar al consumidor

La agroindustria ha invertido durante décadas en mejorar la productividad: genética, nutrición, riego, agricultura de precisión, automatización y mejores prácticas agronómicas.

Pero existe una pregunta incómoda que deberíamos hacernos con mayor frecuencia:

¿Qué sucede con todo ese valor después de cosechar?

Un productor puede entregar una fruta o una hortaliza en excelentes condiciones y, aun así, el producto puede llegar al mercado con menor calidad, menor vida útil o menor valor comercial.

No necesariamente porque haya ocurrido una gran falla.

Puede ser la suma de muchas pequeñas decisiones.

Treinta minutos esperando al sol.

Una caja inadecuada.

Un golpe durante la carga.

Una temperatura incorrecta.

Una puerta de cámara abierta demasiado tiempo.

Un pallet mal acomodado.

Un retraso logístico.

Una ruptura de la cadena de frío.

Un inventario que permaneció un día más de lo previsto en el centro de distribución.

Individualmente pueden parecer incidentes menores.

Acumulados, pueden transformar una cadena diseñada para distribuir alimentos en una cadena que distribuye pérdidas.

Y los datos indican que el problema sigue lejos de resolverse.

La FAO estima que 13.3% de los alimentos del mundo se pierde después de la cosecha y antes del comercio minorista, considerando etapas como transporte, almacenamiento, venta mayorista y procesamiento. En 2015 el indicador era 13.0%, por lo que globalmente no se observa todavía un progreso significativo.

En frutas y hortalizas la cifra es todavía más contundente: la pérdida mundial estimada alcanzó 25.4% en 2023.

Entonces quizá deberíamos dejar de preguntar solamente cuánto producimos.

Y comenzar a medir:

¿Cuánto del valor que producimos conseguimos conservar hasta el mercado?

La pérdida no ocurre en un lugar. Se construye durante el recorrido.

Tenemos la tendencia a buscar al responsable.

Si el producto llegó deteriorado:

¿Fue el productor?

¿El empaque?

¿El transportista?

¿El centro de distribución?

¿El supermercado?

La respuesta muchas veces puede ser más compleja.

La calidad de un producto perecedero es acumulativa.

Cada eslabón recibe un producto con determinado potencial de vida comercial y lo entrega al siguiente después de haber consumido una parte de ese tiempo.

Ningún participante de la cadena puede devolverle al producto las horas que perdió.

Por eso una cadena postcosecha eficiente debería entenderse como una carrera contra tres variables:

tiempo + temperatura + manipulación.

Y alrededor de ellas aparecen empaque, refrigeración, transporte, almacenamiento, información y coordinación.

Veamos dónde se puede perder valor.

1. La cosecha: el reloj empieza a correr

La vida postcosecha comienza antes de entrar a una empacadora.

El estado de madurez, las condiciones ambientales durante la cosecha, el tiempo transcurrido antes del enfriamiento y la manipulación inicial condicionan lo que podrá hacerse posteriormente.

Aquí aparece una realidad fundamental:

La postcosecha no mejora la calidad con la que se cosechó; fundamentalmente intenta conservarla.

Una excelente cadena fría puede retrasar el deterioro.

No puede revertir completamente un daño mecánico ocurrido durante la cosecha ni recuperar características que el producto ya perdió.

Por eso el primer eslabón de una cadena postcosecha no es el refrigerador.

Es la decisión de cuándo y cómo cosechar.

2. Temperatura: probablemente uno de los puntos más críticos

Después de la cosecha, frutas y hortalizas continúan siendo tejidos vivos.

Respiran.

Transpiran.

Maduran.

Envejecen.

La gestión de temperatura busca disminuir esos procesos dentro de los rangos apropiados para cada producto.

Y aquí existe una cifra que dimensiona el problema global.

FAO señala que alrededor de 526 millones de toneladas de alimentos —aproximadamente 12% del total mundial— se pierden o desperdician debido a insuficiencias en refrigeración. También estima que tecnologías adecuadas de cadena fría podrían evitar alrededor de 144 millones de toneladas de pérdida de alimentos anualmente en países en desarrollo.

Eso significa que la cadena fría no puede reducirse a tener una cámara frigorífica.

Una verdadera cadena fría implica mantener condiciones adecuadas durante:

enfriamiento → almacenamiento → carga → transporte → descarga → distribución → exhibición.

FAO describe precisamente una cadena integrada como aquella que conecta empaque y enfriamiento, procesamiento cuando corresponde, almacenamiento refrigerado, distribución mediante transporte y almacenamiento temporal controlados y, finalmente, comercialización bajo condiciones de temperatura apropiadas.

El problema está en una palabra:

cadena.

Porque una cadena fría es tan vulnerable como el punto donde se rompe.

3. El empaque: no es decoración, es ingeniería de protección

Una caja puede parecer uno de los elementos más sencillos de la operación.

No lo es.

FAO reconoce al empaque como un elemento crítico para el éxito o fracaso de las cadenas hortofrutícolas. Entre sus funciones están proteger el producto frente a compresión, abrasión y otros daños durante manipulación y transporte, además de facilitar su movilización y contribuir a conservar su calidad.

Un empaque mal diseñado puede provocar pérdida por varias vías:

compresión, movimiento excesivo, golpes, mala ventilación, acumulación de humedad o dificultades para mantener las condiciones requeridas durante transporte y almacenamiento.

Pero existe otra consideración importante.

El mejor empaque no puede compensar una mala cadena.

La propia FAO advierte que el empaque debe funcionar conjuntamente con variables como madurez de cosecha, temperatura, lavado, almacenamiento y tiempo hasta el mercado.

Esto rompe otra idea frecuente:

No existe una tecnología postcosecha milagrosa.

Existe un sistema.

4. Manipulación: pequeños golpes, grandes consecuencias

No toda pérdida comienza con producto visiblemente destruido.

Una fruta puede sufrir compresión o impacto y continuar aparentemente comercializable.

El problema puede manifestarse después.

Por eso la capacitación del personal de cosecha, empaque, carga, descarga y almacenamiento forma parte de la estrategia postcosecha.

Y aquí aparece algo interesante desde el punto de vista económico.

Podemos invertir millones en tecnología y perder parte de ese beneficio por algo aparentemente tan sencillo como la forma en que manipulamos una caja.

Automatizar no elimina la necesidad de buenas prácticas.

Y tener buenos procedimientos tampoco elimina la necesidad de capacitar, medir y supervisar.

5. Transporte: no movemos cajas, movemos vida útil

El transporte suele analizarse en términos de kilómetros, combustible, capacidad y tiempo de entrega.

En productos perecederos falta otra variable:

¿Cuánta vida comercial consumimos durante el trayecto?

FAO considera al transporte un punto crítico dentro de las cadenas de frutas y hortalizas y señala que mejorar los sistemas de transporte forma parte de la estrategia necesaria para reducir las pérdidas que ocurren entre cosecha y retail.

Un camión puede llegar puntualmente y, aun así, haber ocurrido una pérdida.

Porque entregar a tiempo no significa necesariamente entregar conservando el máximo valor posible.

Temperatura, ventilación, estiba, vibraciones, golpes, tiempos de espera y condiciones de carga y descarga también importan.

Por eso la logística postcosecha debería medir algo más que:

“¿Llegó?”

Debería preguntar:

“¿En qué condiciones llegó?”

6. El centro de distribución: donde las pequeñas ineficiencias pueden acumularse

El centro de distribución tiene una función extraordinariamente compleja.

Recibe productos de diferentes procedencias.

Los almacena.

Clasifica.

Prepara pedidos.

Consolida cargas.

Redistribuye.

Cada transferencia consume tiempo.

Y en un producto perecedero, el tiempo forma parte del inventario.

Un pallet esperando.

Una cámara mal administrada.

Una mala rotación.

Una temperatura incorrecta para determinada especie.

Un retraso de despacho.

Una puerta abierta repetidamente.

Cada evento puede consumir una pequeña parte de la vida útil disponible.

Esto sugiere que uno de los indicadores más importantes para una cadena moderna no debería ser solamente el inventario físico.

También debería ser:

inventario de vida útil restante.

Dos cajas del mismo producto pueden contener exactamente el mismo número de kilos y tener valores económicos diferentes si una conserva diez días potenciales de comercialización y la otra sólo tres.

7. Retail: el último eslabón no puede reparar los anteriores

Cuando el producto llega al supermercado, restaurante o cliente final, buena parte de su historia ya está escrita.

Si llega con poca vida comercial, el establecimiento dispone de pocas alternativas:

vender rápidamente, aplicar descuentos, procesarlo, redistribuirlo o descartarlo.

Y ahí cambia la terminología.

FAO mide como pérdida de alimentos aquello que ocurre después de cosecha y antes del retail; UNEP analiza el desperdicio que ocurre en comercio minorista, servicios de alimentos y hogares.

En 2022, UNEP estimó 1,050 millones de toneladas de desperdicio de alimentos en esas etapas, equivalentes aproximadamente al 19% de los alimentos disponibles para consumidores.

No debemos sumar directamente ese 19% al 13.3% de FAO porque corresponden a indicadores y bases distintas.

Pero juntos muestran algo difícil de ignorar:

el problema atraviesa prácticamente todo el sistema alimentario.

¿Quién es responsable?

Aquí probablemente comienza el debate.

¿El productor que no preenfrió suficientemente rápido?

¿La empacadora que seleccionó incorrectamente?

¿El fabricante del empaque?

¿El transportista que rompió temperatura?

¿El centro de distribución que mantuvo demasiado tiempo el inventario?

¿El supermercado?

La respuesta más útil probablemente sea:

todos tienen una parte de responsabilidad, pero nadie puede resolver el problema solo.

FAO identifica precisamente limitaciones en cosecha, almacenamiento, refrigeración, infraestructura, empaque, comercialización y transporte entre las causas que contribuyen a las pérdidas y señala que tanto el sector público como el privado tienen un papel en fortalecer las cadenas alimentarias.

Una cadena eficiente requiere coordinación.

Porque de poco sirve que un productor haga todo correctamente si el siguiente eslabón rompe las condiciones.

Y de poco sirve tener el transporte refrigerado más sofisticado si el producto permaneció horas esperando antes de entrar al camión.

Quizá estamos midiendo las cosas equivocadas

Tradicionalmente evaluamos cada eslabón por separado.

El productor:

toneladas por hectárea.

El empaque:

cajas por hora.

El transportista:

entregas a tiempo.

El centro de distribución:

rotación de inventario.

El supermercado:

ventas y merma.

Todos pueden cumplir su KPI individual.

Y la cadena completa puede seguir perdiendo producto.

Éste podría ser uno de los problemas estructurales más interesantes de la postcosecha.

Optimizamos eslabones, pero no necesariamente optimizamos la vida del producto.

¿Qué ocurriría si comenzáramos a compartir indicadores?

Temperatura acumulada.

Tiempo desde cosecha hasta preenfriamiento.

Incidencias de manipulación.

Rechazos.

Vida útil restante.

Pérdida por lote.

Devoluciones.

Porcentaje que llegó a primera calidad.

Valor comercial recuperado por tonelada cosechada.

Entonces la conversación cambiaría.

Ya no estaríamos preguntando:

“¿Quién tuvo la culpa?”

Sino:

“¿En qué punto estamos destruyendo valor y cómo lo evitamos juntos?”

De cadena de suministro a cadena de conservación de valor

Ése quizá debería ser el siguiente paso de la postcosecha.

No diseñar cadenas únicamente para mover producto.

Diseñarlas para conservar valor.

Eso implica integrar:

preenfriamiento + cadena fría + empaque + sensores + monitoreo + logística + almacenamiento + trazabilidad + capacitación + información compartida.

Y medir el resultado no solamente en toneladas movilizadas.

Sino en:

toneladas que llegan al mercado con la calidad y el valor económico previstos.

La dimensión ambiental hace todavía más urgente el cambio.

UNEP estima que la pérdida y desperdicio de alimentos representa aproximadamente 8–10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y supone también desperdiciar tierra, agua, energía, trabajo y capital utilizados para producir alimentos que finalmente no cumplen su propósito.

La pregunta incómoda para toda la cadena

Tal vez una cadena de suministro no debería considerarse eficiente simplemente porque logra mover rápidamente grandes volúmenes.

Deberíamos preguntarnos cuánto valor conserva durante ese movimiento.

Porque podemos tener:

un productor eficiente,

una empacadora eficiente,

un transportista eficiente,

un centro de distribución eficiente

y un retailer eficiente…

y aun así terminar con una cadena ineficiente.

La postcosecha nos obliga a cambiar de perspectiva.

El producto que sale del campo contiene un valor construido durante meses.

Cada eslabón puede conservarlo.

O puede consumir una parte de él.

Por eso quizá la pregunta que debería estar sobre la mesa de productores, empacadores, transportistas, distribuidores y compradores no sea:

¿Cómo hacemos más eficiente nuestra parte del proceso?

Sino una mucho más difícil:

¿Estamos construyendo juntos una cadena de suministro… o una cadena de pérdida?

Fuentes consultadas: FAO, indicador ODS 12.3.1 sobre pérdidas mundiales de alimentos; FAO Technical Platform on Food Loss and Waste; FAO, Cooling the chain, cutting the waste (2026); FAO, documentación sobre cadenas de frío, transporte y empaque de productos frescos; UNEP, Food Waste Index Report 2024

https://www.linkedin.com/pulse/estamos-dise%C3%B1ando-cadenas-de-suministro-o-p%C3%A9rdida-czt0c

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